
El corazón me pide guerra.
La cabeza me pide calma.
El estómago me pide comer.
Pero no comer cualquier cosa, me pide comer churros.
Es un capricho (posiblemente), una solución a un trauma infantil (para hacerlo más interesante y que provoque debate) o el primer caso masculino de antojo de embarazada (yo apostaría por esta).
El caso es que si lo pienso a trazo grueso, llego a la conclusión de que la fina y delicada línea de unión entre mi mente y mi espíritu tiene forma de churro.
Entre el seny y la rauxa, unas porras.